Reflexiones sobre el nueve de junio

José Iván RodríguezBlog0 Comentarios

Uno llega a la archivística porque ama la Historia, porque quiere acceder a las fuentes primarias sin intermediarios. Los documentos se convierten así en objetos de admiración, casi como una obsesiva devoción para fabricar con todos ellos el relato de nuestro pasado. Buscamos entonces en cada trazo, en cada curva de las letras esquivas, la cruz de bóveda para desentrañar los secretos que la versión oficial nos ha ocultado, para comprender el sentido de las cosas y unirnos al camino de la humanidad. Sí, la archivística tiene algo de idealista y de subterráneo. No conozco a ningún profesional del ramo que no se enorgullezca de los fondos con los que trabaja, del patrimonio documental que conserva, de los papeles que ha tenido entre sus manos.

Luego uno se especializa para asimilar los principios de la disciplina, para controlar mejor los procedimientos, para que nadie nos diga que no sabemos lo que hacemos. Y nos reunimos, algunos hasta nos asociamos, le damos vueltas a lo mal que va todo, sin los recursos con los que siempre soñamos, y finalmente acabamos reconociendo que tal vez sí formemos parte del entramado cultural que nos rodea. Porque, ¿quién no se ha sentido en algún momento el guardián del tesoro? Que tire la primera piedra la persona que alguna vez no se haya creído indispensable.

Adoramos, pues, los archivos y nos embaucamos con el olor de la pasta y la fibra, entregados a una limpieza exquisita, para que nuestras huellas no dejen marcas irreversibles. Odiamos la tinta metaloácida tanto como al arsenal de grapas, y luchamos sin descanso contra los ácaros, los hongos, los roedores, el pececillo de plata. Sabemos de sobra que el mayor peligro es el factor antrópico, la mala praxis de la ignorancia y el desdén, aunque no por eso renunciamos a los reglamentos, a las hojas de remisión, a los criterios de expurgo. Preferimos una buena clasificación antes que los inventarios, describir toda una serie completa antes que cada unidad simple.        

El día que nos dijeron que también existían los documentos digitales, corrimos furiosos a ver qué era eso de los metadatos, de la interoperabilidad, la obsolescencia, la migración de formatos. Todavía se nos resiste la digitalización fotográfica, pero no le hacemos ascos a una potente base de datos con todos los campos necesarios. Ya se sabe con esto de las tecnologías, adaptarse o morir.

Reconocemos a nuestros semejantes cuando los vemos doblando las esquinas torcidas de un papel amarillo, o cuando utilizan un lápiz antes que el bolígrafo, o cuando sus dedos enguantados sujetan una fotografía de un paisaje en blanco y negro, o cuando sus carpetas se mantienen en un orden casi perfecto sobre la mesa, con una caja de instalación cerca, e incluso si los escuchamos hablar extensamente sobre cuánto les queda por realizar. Sus bibliotecas se componen de libros extraños con títulos intrincados, que los legos en la materia miran con el entrecejo fruncido. La reputación de las y los archiveros no es que sea muy halagüeña que digamos.

Al fin y al cabo uno ha llegado a la archivística por un montón de motivos, porque la vida nos ha colocado aquí, delante de algo que nos gusta y nos apasiona. Cojamos las riendas decididos. Saquémonos la espinita clavada y mirémonos al espejo con la satisfacción de dedicarnos al maravilloso mundo del patrimonio documental. Una vez al año, como mínimo, es importante reivindicarnos y hacernos notar. Necesitamos un espaldarazo conjunto. Hoy es la oportunidad perfecta: Celebremos con orgullo este 9 junio.

FELIZ DÍA INTERNACIONAL DE LOS ARCHIVOS.

 

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