Destrucciones y revoluciones

José Iván RodríguezBlog0 Comentarios


Estamos asistiendo en estos días a un espeluznante espectáculo que los diversos medios de información (periódicos, radios, televisiones, internet) nos ofrecen descontextualizado, casi de manera descarnada, sólo inserto en la dinámica fugaz de las noticias, en la simplicidad de contar la realidad de una pasada, tan rápido como un tuit de 140 caracteres. Sin mayores repercusiones, la devastación del patrimonio cultural que está acometiendo ISIS, en el Museo de Mosul y más recientemente en la trimilenaria Nimrud, nos llega como un mensaje lejano, estereotipado, sin alcanzar a entenderse la gravedad del asunto en cuestión, aplicándose tan sólo una sentencia vulgar y limitadora: “Ya están otra vez esos terroristas con sus bombas, con sus locuras, con su intransigencia”.

Pero no se trata sólo de eso. Sobre todo, debemos hablar de cómo se desangra una gran parte de nuestra cultura, de nuestra civilización, en esa región del Próximo Oriente que tan poco importa al mundo occidental, salvo cuando están en juego los intereses petroleros. No es descabellado pensar que de los lodos de la invasión de Irak de 2003, provienen ahora estos barros macabros que perpetra ISIS, con la total indiferencia de una siempre mal llamada “comunidad internacional”, sin que nada ni nadie promueva soluciones de arreglo común y de salvaguarda de nuestros cimientos.

Porque si el actual Estado Islámico (al-Dawla al-Islāmīya), de naturaleza yihadista suní, es hijo directo de Al Qaeda, a los países de Occidente le cabe el deshonroso honor de haber entrado como elefante en cacharrería en aquel laberinto iraquí, usando las mentiras de las armas de destrucción masiva para desestabilizar y dominar infructuosamente un territorio altamente complejo y diverso.

Mas, ¿qué tiene que ver todo esto con la archivística? Según se mire, mucho, muchísimo. No sólo porque desde un punto de vista general debamos estar siempre atentos a cualquier manifestación de destrucción cultural, sino también porque está en riesgo un patrimonio documental rico, fundamental para entender nuestra Historia, que tuvo uno de sus pilares en Mesopotamia: la literatura sumeria, el Código de Hammurabi, el esplendor asirio de Nínive y Assur, la biblioteca de Asurbanipal, los textos cuneiformes.

Lo lamentable es que una de las primeras medidas en toda guerra –y este conflicto es claramente eso– consiste en acabar de inmediato con todos los relatos que expliquen el pasado, que sirvan como prueba de la vida anterior en esos lugares. Irak, pues, no está libre de esta amenaza. Así, si hace doce años se produjo el expolio de la Biblioteca de Bagdad, no caben dudas de que en la actualidad, otros centros de significación, junto con variados libros y recursos, están sufriendo el mismo expolio devastador, muchas veces con destino a acaparadores y coleccionistas europeos y norteamericanos.

De forma paralela, la Directora General de la Organización de las Naciones Unidades para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), Irina Bokova, ha alertado de que “No podemos permanecer en silencio. La destrucción deliberada del patrimonio cultural constituye un crimen de guerra”. Mientras, su predecesor en el cargo, el japonés Kōichirō Matsuura, ya había propuesto a la altura de aquel 2003 la creación de una “policía patrimonial” para proteger los sitios culturales del país, pergeñando además planes para enviar un equipo de expertos en arqueología y archivos históricos, que evaluaran los potenciales daños tras la invasión. Lógicamente, nada de ello se ha conseguido a la postre, las palabras el viento también las ha arrasado.

Por eso, cualquier persona, y en especial las archiveras y archiveros –de Canarias, de España, de cualquier lado–, según su ámbito de actuación y sus posibilidades, no está exenta de alguna responsabilidad u obligación, incomparable por supuesto a la de los principales actores políticos de la res pública, que debieran establecer los grandes ejes de decisión. Por lo tanto, ¿qué podemos hacer desde nuestra esfera?

Según se mire, también mucho, muchísimo. Como ya insistía en un artículo previo, quizá lo primordial esté en la concienciación del valor patrimonial de los documentos, en dar prioridad a su relevancia como vehículo de expresión humana. Porque una sociedad sin documentos –físicos, digitales; administrativos, artísticos–, no puede alcanzar cuotas de progreso aceptable, y no es capaz de sobreponerse a la vorágine que impone la naturaleza.

Más allá de esta concepción retórica, a un nivel más práctico, también existen alternativas interesantes, no necesariamente con el mismo cariz, pero sí con la misma finalidad.  Entre ellos, quisiera destacar aquí un proyecto que surgió enmarcado en el proceso de la revolución en Bolivia, que encabezara Evo Morales, tan de moda hoy por la pretendida vinculación con el partido Podemos, con Venezuela, Ecuador y Cuba.

Me refiero a las Brigadas Internacionalistas Solidarias para las Bibliotecas y Archivos de América Latina (BRISAL), que nacieron en noviembre de 2008 con motivo del I Seminario sobre la destrucción del patrimonio, celebrado en La Paz. Dichas brigadas, constituidas por equipos de trabajo con bibliotecarios, archiveros y personas interesadas en la revolución de aquel país, realizan durante un período de tiempo –entre dos semanas y dos meses– “diferentes actividades solidarias de carácter técnico y no técnico en centros de conservación y difusión de información y documentación, archivos y bibliotecas”. Dentro de esas actividades encontramos la limpieza y accesibilidad de los fondos, su ordenación, catalogación, descripción y digitalización, la realización de cursos y talleres, o el contacto con personalidades y representantes de las zonas en donde se trabaje.

No puedo negar que me parece, por lo menos, una idea atractiva y asumible, que reportaría múltiples beneficios, tanto para los integrantes como para el propio patrimonio en cuestión. Tal vez sería idóneo plantear por estos lares, incluso si fuera posible por aquellas peligrosas tierras iraquíes, alguna acción similar de rescate de urgencia, de puesta a disposición colectiva de obras bibliográficas y documentos en riesgo. Unidades de salvamento con el objetivo de crear sinergias y de contribuir en una labor próspera y enriquecedora. Puede sonar utópico, sí. Pero a lo mejor es una buena manera de escapar de las torres de marfil y de la indiferencia. Trabajando en defensa de la cultura, luchando pacíficamente contra la barbarie de la cerrazón y el embrutecimiento de las bombas. 

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